Qué tarde que has venido, no ves que ya es invierno, que toda mi ternura la vida la quemó. Qué tarde que has venido, si en las llamas de mi infierno dejaste sólo llagas en vez de un corazón.
Qué horrible pesadilla saber que te perdía. La noche que tu orgullo fue un dique entre los dos. La noche te envolvió, grité: “¿Por qué... Por qué?.. Y alcé mis puños rotos, crispados en tu amor.
Corazón no llorés, que no vale la pena recordar su querer, si ella nunca fue buena. Mis manos vacías, vacías, como el hueco de un adiós. No pueden perdonar, no llores corazón, que llevo en tu latir su maldición.
Qué tarde que has venido, no ves que ya es invierno. Mis labios están secos, amargos como hiel. En mí se desataron la cien furias del averno y soy huraño y triste, lo mismo que un ciprés.
Desde hoy en adelante, por esta calle mía, me cantará la lluvia tus lágrimas de hoy. Y en cada atardecer, las muecas de un perdón, traerán desde el olvido tu vieja maldición.
No me hablas, tesoro mío, no me hablas ni me has mirado. Fueron tres años, mi vida, tres años muy lejos de tu corazón. ¡Hablame, rompé el silencio! ¿No ves que me estoy muriendo? Y quítame este tormento, porque tu silencio ya me dice adiós.
¡Qué cosas que tiene la vida! ¡Qué cosas tener que llorar! ¡Qué cosas que tiene el destino! Será mi camino sufrir y penar. Pero deja que bese tus labios, un solo momento, y después me voy; y quítame este tormento, porque tu silencio ya me dice adiós.
Aún tengo fuego en los labios, del beso de despedida. ¿Cómo pensar que mentías, si tus negros ojos lloraban por mí? ¡Hablame, rompé el silencio! ¿No ves que me estoy muriendo? Y quítame este tormento, porque tu silencio ya me dice adiós.
¡Viva la Santa Federación,
mueran los salvajes unitarios!...
Las once han dado y sereno...
Ya se pierde el pregón del sereno,
por el barrio de Restaurador
y en la noche tan tibia de enero
esparce el lucero su limpio fulgor.
La magnolia foscata perfuma
la casona de aljibe y jardín
y con voz varonil se desata
una serenata que comienza así:
Soy tu fiel trovador mazorquero
y esta noche he venido a cantar
repitiéndote siempre “Te quiero...
te quiero alma mía. No me hagas penar”.
Soy tu fiel trovador mazorquero
poncho rojo vihuela y facón.
De San Telmo eres toda la gala,
federala de mi corazón.
La canción quedó trunca de pronto...
Cae herido el soldado cantor...
Un puñal unitario le apaga
su dulce guitarra, su canto de amor...
En la alcoba la amada sonríe,
sin pensar que en la calle está él
malherido... su voz moribunda
cantándole a ella repite otra vez:
¡Viva la Santa Federación,
mueran los salvajes unitarios!...
Las doce han dado y sereno...